miércoles, 14 de septiembre de 2011

#28 Crónica de un apagón

Se ha ido la luz en mi casa. Bueno, en mi casa es quedarse corto, pues al asomarme a la ventana de mi habitación compruebo que se ha ido en toda mi zona. La carretera (una de las arterias más importantes de mi ciudad) está completamente a oscuras, desde todas las terrazas y bares ha comenzado a irse la gente y no se ve absolutamente nada en 2 ó 3 kilómetros a la redonda, salvo unos edificios alejados que si disponen de la moderna electricidad.

Por tanto, cuándo leáis esto será solo una copia de un archivo de Word en el que volqué por primera vez estas palabras que estáis leyendo y que vais a leer a continuación.

Llevamos cerca de una hora sin luz, y mi habitación está iluminada gracias a un gran número de pequeñas velitas repartidas por cada rincón o saliente. Y bueno, gracias a que fui un poco previsora, aún dispongo de bastante batería en el portátil y eso es lo que está iluminando también gran parte de la instancia.

Estaba tumbada en mi habitación, sin mucho que hacer, simplemente observando el cielo que pocas veces se ve sin que sea contaminado por la luz de las ciudad cuando, inevitablemente en esta situación te viene a la cabeza la pregunta de “¿Cómo podían vivir antes sin electricidad?” (He tenido que acercarme al teclado para poder ver los signos de interrogación. Creo que encenderé algunas velas más.) (…) (Ya está)

Lo primero es que seguro, segurísimo conversaban mucho más por las noches. No me refiero sólo a la familia, que es la parte del entramado social que más beneficiado se veía por la falta de electricidad, sino también a los amigos o los enamorados.

A la luz de las velas, no se pueden hacer muchas salvo cenar, tocar algo de música si no necesitas ver en muchas ocasiones qué tecla estás pulsando o cuerda presionando.

(Una prueba de que se conversaría más, es que mi madre acaba de entrar en la habitación a… pues eso, a charlar. Ahora está asomada en la ventana, hablando de lo triste que es verlo todo tan oscuro, sin que nadie pueda ver la cara de la otra persona).

Otra de las cosas que sin duda se vería claramente favorecida sería toda aquella temática creativa e imaginativa. Sinceramente, no hay nada mejor que un ambiente parecido en el que estoy inmersa ahora misma para crear una novela de terror que haga temblar hasta al más varonil o crear una maravillosa historia de amor o fantasía, de intrigas y asesinatos. Nada como las sombras que crea la luz del fuego como para dejar a la imaginación ser libre.

Eso siento yo ahora. Siento que empieza a entrelazarse una historia con otra, y que las ganas de escribir aumentan cada vez más.

Todo este sentimiento lo debieron sentir los románticas al crear sus obras de arte, al reflejarse en la luz de una Luna pura, y contarle sus temores, sus tristezas y sus alegrías a la noche, para que al llegar el día todos los secretos quedasen enterrados en la cera ahora inmóvil de los candiles y con el sentimiento de la noche anterior volverlos a reavivar cuando el Sol volviera a esconderse.

Los sueños son para la noche, por eso los soñadores se encuentran más a gusto en ella. Por eso en los días grises que ocultan el Sol, los románticos y bohemios creen esperanzados que la noche aún no se fue, que su oscuridad sólo se aclaró, y que durará muchas horas más, ofreciéndoles quizás sonidos y aromas de tormentas que les hagan vibrar y sonreír de un júbilo profundo y sincero.

En aquellas épocas en las que no se contaba con electricidad, la luz tenue también daría paso, según mi mente un poco antigua, a un erotismo y una sensualidad distinta a la que ahora disfrutamos.

En mi mente, en las alcobas de camas robustas, dos o más amantes obviaban lo obsceno y estrictamente explícito de nuestros tiempos para dar paso al juego refinado, a las miradas sugerentes, y claro, como no, a prendas bellas que la tenue luz dotaba de un colorido diferente a todo el que podía llegar a imaginarse. El calor de dos cuerpos se fundía con el de las velas hasta que éstas se consumían.

El miedo también sería más profundo sin electricidad, es obvio. Creo que todos o la mayoría de las personas se sienten molestas en sitios que carecen de total iluminación. No saber dónde está la salida, qué camino seguir, quién es el que está a tu lado o dónde estás tú mismo te hace temblar y correr hacia ningún lugar, empezar a hablar en voz alta, quizás a gritos, con la esperanza de que alguien te saque de ese estado de aparente quietud.

No estamos hechos para vivir en la oscuridad, nuestra vida se desarrolla en la luz. Nuestro mundo está lleno de la vida que la luz concede, y así mismo nuestro espíritu racional, que se volvería completamente demente sin ella.

Nuestros ojos empezarían a enfermar hasta que su actividad desapareciese por completo. Nuestro cuerpo dejaría de absorber correctamente las vitaminas que nos proporcionan los alimentos, y desesperados, sin saber qué hacer moriríamos sin haber encontrado la solución tan sencilla que nos da la luz. A pesar todo, a mí, que de vez en cuando haya apagones así me gusta, me vuelve, o mejor dicho, deja escapar esa parte de mí romántica y mística, esa parte que me gusta tanto y que a otros puede llegar a inquietar.

Espero, sin embargo, que la luz vuelva pronto, pues esta sensación puede no ser compartida por la mayoría de las personas, que pueden verse envueltas en una cierta angustia, y hacer también que no puedan llevarse a cabo muchas tareas importantes. Es irremediable, vivimos en una sociedad que ha aprendido a necesitar la electricidad como el agua que alimenta sus células.

Es un avance para muchas cosas toda innovación… pero quizás no para todas.

Esto es lo que ha sido mi pequeña crónica o reflexión de un apagón, que comenzó alrededor de las nueve y media de la noche de un 14 de Septiembre de 2011, y que aún ahora, siendo las once, sigue en pie y sin vistas de que esta situación vaya a cambiar.

[Edito: la luz volvió a las once y media de esa misma noche]

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